¿Experimental?

¿Experimental?

por Eugenio Fernández

A pesar de las sucesivas crisis económicas, sociales y políticas, en Argentina siempre existió una efervescencia artística y cultural muy importante. Dentro de este magma creativo está la música experimental con sus múltiples ramificaciones y, como sucede con otras disciplinas artísticas, siempre se trabaja en forma autogestiva y con poco dinero.

La etiqueta de “música experimental” siempre fue muy polémica, pero es una denominación útil para englobar diversos estilos musicales que generalmente tienen algunas cosas en común. Además es una referencia reconocible para el público no iniciado.

Desde el punto de vista científico un experimento es un procedimiento realizado para apoyar, refutar, o validar una hipótesis. Pero en el caso de la música experimental podría ser un experimento que produce resultados imprevistos o un experimento que “salió mal”. Lo experimental también se asocia con la música que desafía la idea de qué es considerado “música” y qué no. Hay que tener en cuenta que esta categorización va cambiando con el tiempo, lo que era experimental hace 50 años quizás hoy ya no lo sea.

El musicólogo y compositor Carlos Vega en su ensayo Mesomúsica: un ensayo sobre la música de todos (1979) trata de definir una nueva categoría musical. Vega plantea que las categorías “Música superior”, “Música popular” y “Música ligera” no son suficientes para los especialistas ni para el público y propone la denominación “Mesomúsica” para la música que todos conocemos, nuestra “música común”. Vega escribe: “La mesomúsica es el instrumento civilizador por excelencia”. Podríamos decir que la música experimental es lo opuesto de la mesomúsica. 

Sin embargo la música experimental ya no es algo nuevo, algunas ya forman parte de la academia y también podrían ser consideradas “música superior”. Como pasa con el arte en general, hoy conviven muchas miradas diferentes sobre cada tema. Pero la potencia de lo experimental no tiene que ver con lo civilizatorio, sino más bien con la barbarie. Lo experimental tiene que ver con el Ello, con Eros y con Tánatos.

Históricamente la música experimental surgió en oposición a lo socialmente legitimado y siempre estuvo vinculada a los cambios sociopolíticos de cada época. En Latinoamérica los artistas tuvieron que atravesar dictaduras cívico-militares y reiteradas crisis económicas. Para muchos artistas argentinos la dictadura significó tener que abandonar sus actividades o tener que partir al exilio, en el mejor de los casos. Las constantes crisis económicas también expulsaron a muchos músicos que emigraron en busca de mejores condiciones de vida y la posibilidad de desarrollar su arte en un contexto más propicio.

Lo experimental tiene una larga historia en nuestro país. Desde Juan Carlos Paz (1897-1972) promotor de la música de vanguardia del siglo XX; pasando por el Instituto Di Tella (1958-1970) núcleo artístico durante la década del 60; el Festival Experimenta (1997-2009) a fines de los años 90; hasta los últimos años donde han proliferado una gran multiplicidad de propuestas.

La mayoría de nosotros crecimos escuchando la música que había en nuestras casas: rock, folklore, jazz, bossa nova, música clásica, etc. Aprendimos a reconocer y apreciar esos estilos. Pero quizás en algún momento de la vida nos cruzamos con algo distinto, algo que no podíamos encasillar en los géneros conocidos… Muchos fuimos marcados por un primer encuentro con estas músicas raras, anormales, casi incomprensibles. Este encuentro nos hizo aprender a escuchar de otra manera y empezar a imaginar otros sonidos. Yo, por ejemplo, imaginaba que debía existir una música sin reglas, una música primitiva y natural sin pasado ni historia.

Fragmentos del prólogo de “Música Experimental Argentina” de Omar Grandoso y Eugenio Fernández (2024)


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